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Test: Audi TT
Por Marcelo Palomino M. 07/06/2015
La tercera generación, pese a la mejora en dinamismo y conducción, muestra falencias en equipamiento que genera demasiado ruido.

El Audi TT es posiblemente el más icónico de los modelos de Audi. Cuando fue concebido en 1998 rompió todos los moldes en cuando a concepto de deportivo individual, y permitió que la marca fuera vista con otros ojos, como la de una firma capaz de innovar y liderar el mercado premium y no sólo seguir a sus competidores.

Han pasado los años y el TT sigue siendo un ícono en la marca, y quizás por eso, cuando fue concebida esta tercera generación, fue dotada de lo más innovador en el catálogo de la marca. Partiendo por una plataforma completamente nueva, fabricada en aluminio y acero de alta resistencia.

Así, pese a que mantiene prácticamente las mismas dimensiones del coupé anterior (4,18 metros de largo por 1,83 metros de ancho) y aumenta levemente la distancia entre ejes (ganando habitabilidad), consigue una reducción de peso de más de 50 kilos (1.335 k).

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También recibió una evolución en su familia de motores, siendo el 2.0 TSFI de 230 caballos el único bloque que ha llegado a Chile. Tiene turboalimentación, un innovador sistema de doble inyección por cilindro (una directa, la otra indirecta) y un sistema de alzado de las válvulas de escape (la marca dice que tiene una menor fricción, menos masas en movimiento y mayor rigidez en el accionamiento de los árboles de levas).

Así, además de la potencia descrita (20 caballos más que el TT 2.0 anterior), ofrece 370 Nm de par máximo entre 1.600 y 4.300 rpm, para un empuje muy lineal en casi todo el régimen de marcha.

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Con este bloque asociado a la caja S-Tronic de seis marchas, la sensación de agilidad conductiva es muy inmediata. No se trata de un gran deportivo que pega una patada cada vez que se pisa el acelerador, pero sí es capaz de romper la inercia muy velozmente y empujar rápido sin desfallecer. La caja de doble embrague impide que el régimen caiga entre paso y paso y, por el contrario, es capaz de sacarle el mejor partido a este moderno bloque.

La otra gracia es que el TT es sumamente eficiente. Pese a que la marca homologa 12,2 km/l en ciudad y 19,2 km/l en carretera, en nuestra prueba en Santiago nos brindó un asombroso consumo de 10,9 km/l cuando fuimos gentiles con el acelerador.

El chasis de este auto es ideal para el uso mixto ciudad/carretera, porque si bien la suspensión se siente firme, algo seca cuando se pasa por un bache (brusca de reacciones), en curvas mantiene la carrocería casi horizontal, con casi nada de rolido y mucha sensación de aplomo.

La ligereza de este auto se percibe no sólo en las aceleraciones, sino también en la facilidad con que se conduce, con una dirección muy precisa, pero también muy previsible, lo que de alguna manera lo hace menos emocionante que otros autos de estas características, como un BMW Z4 o un Peugeot RCZ.

Para mi gusto, lo mejor del nuevo TT está adentro del habitáculo, con un diseño minimalista que encanta. Lo más novedoso son los mandos del climatizador instalados adentro de las tres salidas de escape centrales, y la gigantesca pantalla de 12,3 pulgadas instalada en el lugar donde van los marcadores que Audi bautizó como “Virtual Cockpit”. Tiene una resolución asombrosa, y aunque no cuenta con navegador, justifica su uso por la visibilidad, incluso con el sol pegando en ella.

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Se puede personalizar a gusto del consumidor y se controla desde un mando central o desde el volante, aunque resulta incómoda para el acompañante, ya que tiene una visión parcial de ella.

Lo que no suena razonable en un auto que cuesta más de 32 millones de pesos es la ausencia de cierto equipamiento que es pan de cada día en autos de mucho menor valor. Por ejemplo, los sensores delanteros, la cámara de retroceso (sobre todo teniendo la pantalla que tiene) y el sistema keyless. Ok, puede que no cambie la sensación de conducción, pero cuando se paga tanto por un auto moderno y tecnológico, uno quiere que esta tecnología rebase y se note, no lo contrario.

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