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Test: Renault Mégane
Por Marcelo Palomino M. 06/06/2015
La marca francesa incorporó un viejo motor 1.6 litro de entrada con un resultado muy aceptable.

Desde su arribo al mercado chileno en 2011, el Mégane se convirtió en la varita mágica de Renault para revertir el pobre historial que mostraba en la última década, donde no sólo había perdido ventas y posición de mercado, sino lo más importante, el prestigio ganado muchos años antes.

Hubo varias razones por las que ese Mégane de tercera generación fue tan importante para la marca, al punto de que se vendieron más de 13 mil unidades. Primero, arribó a Chile pocos meses después de su presentación internacional, y no con el tremendo desfase al que nos tiene acostumbrados la marca. Segundo, era novedoso en diseño y tecnología, incorporando incluso GPS, algo no visto por aquellos años, menos en este segmento.

Pero quizás si lo más importante es que fue lanzado con un precio más que adecuado para la calidad del producto, ofreciendo, además, mucho contenido. En esto, pocos autos han alcanzado la relación precio/calidad/ equipamiento de este Mégane III.

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Pero los años pasan y en los autos se notan más que en las personas. Mientras en Europa se actualizaba el modelo para mantenerlo vigente, en Chile se volvía a retrasar su arribo hasta este año, cuando la marca lanza este facelift de mitad de vida, apenas unos meses antes de la aparición de la cuarta generación.

Pero algo es algo, y lo que muestra este Mégane es la inclusión del nuevo diseño corporativo que le brinda mayor actualidad. El frontal es totalmente distinto, con el rombo más grande en el centro de una parrilla negra, con nuevos parachoques y grupos ópticos, que ahora incluyen una pestaña LED para la luz diurna. Y las llantas crecen a 16 pulgadas.

El tamaño general del auto sigue igual, con una buena habitabilidad interior, especialmente en las plazas traseras, donde caben tres niños o dos adultos con alto confort. El maletero está entre las medidas de la competencia.

Por dentro es prácticamente igual en diseño y materialidad, con look moderno y bien construido, pero lejos de la aspiración premium que suelen tener otras marcas europeas. Y en eso Renault ha sido pragmático siempre: es una marca generalista de calidad, nada sofisticado, pero siempre bien construido.

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A ello suma mucho equipamiento de serie para mantener esa notable relación precio/producto. Al modelo se suma el veterano tren motriz K4M de 1.6 litros, que eroga 110 caballos y 151 Nm de par, asociado a una caja mecánica de cinco marchas, consiguiendo con esto versiones de entrada más competitivas.

La verdad es que este motor no encanta ni hace suspirar a nadie, pero cumple fielmente con su cometido de mover el auto con generosa amabilidad y no quemar demasiado combustible en el intento.

Acelera con poco entusiasmo desde cero, pero va empujando más a medida que se escala en el tacómetro, y alcanza su plenitud en torno a las 3.000 rpm. Bajo las 2.000 vueltas hay que usar la caja para recuperar o someterse a la demora en la reacción.

Aún así es suave. Comparado con otros 1.6 del segmento, diríamos que está en la parte alta.

El consumo en nuestra prueba de ciudad no dio 9,7 kilómetros por litro, y con varios kilómetros de carretera sube de los 12. No es bueno para esta potencia, pero tampoco es para desesperarse.

El resto del paquete mecánico es lo que se le conoce: una dirección rápida y con buen tacto, una suspensión más firme que confortable y un comportamiento dinámico muy satisfactorio, pese a la ausencia de potencia.

La versión testeada es la segunda de abajo hacia arriba (1.6 Dynamic) y ofrece un equipamiento digno de otro segmento: seis airbags, control de estabilidad, neblineros, sensores de retroceso, luces automáticas y diurnas LED, smart key con botón de partida, kit eléctrico completo, control crucero, climatizador bizona, volante y palanca de cambios forrada en cuero, sistema bluetooth y radio con lector CD y puerto USB.

Todo eso por $ 10.990.000, una ganga por la relación precio/producto

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