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La verdadera fuerza de un Huracán
12/12/2015
Una promesa de incomparable velocidad y emoción es lo que busca cumplir Lamborghini con cada uno de sus autos. Nos pusimos al volante de una exclusiva unidad del Huracán LP 610-4 en el Autódromo Internacional de Codegua y esto fue lo que aprendimos.

Con poco más de 2.500 unidades fabricadas anualmente, ver un Lamborghini en la calle se convierte en un deleite para la vista. Es por eso que cuando avistamos uno estacionado entre las unidades de prueba del Driving Experience del Grupo Volkswagen, la emoción se transformó en deseo y luego en ansias.

Manejar una de estas obras de arte italiano en pista es una oportunidad muy rara, sobre todo en un mercado pequeño como el nuestro. De hecho, la unidad del Huracán LP 610-4 que probamos en el Autódromo Internacional de Codegua tiene un afortunado dueño que pagó por él más de US$ 360.000, sin contar los elementos personalizados.

 

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Pero vamos a lo importante. Lo primero y más llamativo del Lamboghini Huracán es su diseño. Radical por donde se le mire, sus líneas rectas y terminaciones agudas nos recuerdan que estamos frente a un deportivo de tomo y lomo. Incluso, pareciera que su color verde resaltara esta característica.

Como buen modelo de velocidad, sus dimensiones alargadas y planas lo hacen ver casi como un alienígena estacionado entre el variado catálogo de Volkswagen, Skoda, Audi y Bentley.

De pie junto al auto, sus 1.165 mm de alto se hacen más que evidentes, mientras que de sus 4.459 mm de largo, gran parte es ocupada por el capó y motor trasero longitudinal, dejando sólo 2.620 mm entre los ejes y 1.924 mm de ancho para acomodar a dos ocupantes.

Con el Huracán todo es una experiencia. Subirse es bastante complejo, dada su reducida altura, aunque una vez en la butaca, encontrar una posición apropiada es un juego de niños. Todo se amolda al conductor, casi como un traje hecho a medida.

 

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Al igual que con el diseño exterior, en el habitáculo se replica la radicalidad de las formas. Aplicaciones de aluminio cepillado, cuero verde y negro, pespuntes, pedalera deportiva, volante pequeño, mandos geométricos, una consola estilo cockpit y un cuadro de instrumentos con un gran tacómetro. De entrada, el Huracán adelanta su vocación de pista.

Damos contacto y el sonido del motor pone la piel de gallina a todos quienes están alrededor. Aseguramos el casco, cerramos la puerta y comenzamos a avanzar lentamente hacia la línea de partida. El corazón se acelera y presionamos con gusto el acelerador.

Es aquí donde recordamos algunos detalles de esta verdadera bestia de la velocidad: motor V10 de 5.2 litros aspirado, 610 caballos de fuerza y monstruosos 560 Nm de torque máximo para un vehículo que sólo pesa 1.422 kilos (algo más con piloto y copiloto a bordo).

Tomamos las primeras curvas del circuito con algo de respeto, después de todo, no se maneja un Lamborghini todos los días. Desde la derecha recibimos una sencilla orden del instructor que nos acompaña: “Acelera a fondo”.

Cada curva, cada recta, cada pianito es un verdadero deleite en este auto. El acelerdor responde de inmediato y reparte la potencia de manera exacta entre las cuatro ruedas gracias a la tracción quattro, la dirección es increíblemente directa y precisa. No se ve mucho hacia atrás por la luneta trasera, pero eso pasa a segundo o tercer plano cuando, después de la primera vuelta, el instructor nos indica que va a cambiar el modo de manejo a Sport. Resulta que en la primera aproximación sólo habíamos probado el modo Corsa, o de calle.

Al momento de presionar el botón se siente como cambia la suspensión electromagnética, el radio de giro se acorta, el acelerador se endurece, los cambios se alargan y el sonido del motor se convierte en una verdadera fiesta para los sentidos.

Es en este momento cuando el Huracán ratifica su nombre y se convierte en una verdadera fuerza de la naturaleza. La ficha técnica pasa como un rayo por la mente y los 3,2 segundos que tarda en llegar a 100 kilómetros por hora se convierten en una obsesión. No lo logramos, pero algo más de cuatro segundos no está nada de mal.

Sólo 31,9 metros bastan para detenerse cuando ya se han alcanzado los 100 km/h gracias a los frenos carboncerámicos de seis pistones adelante y cuatro atrás.

Hay que seguir acelerando en la recta más larga de la pista, y ahora queremos ver si podemos siquiera acercarnos a los 325 kilómetros de velocidad máxima. Imposible. Ya pasados los 210 hubo que bajar radicalmente la velocidad para entrar a la curva y comenzar con la última vuelta.

Conducir un Huracán es mucho más fácil de lo que parece, pero aún así es una experiencia increíble y muy difícil de explicar, mucho más si sólo se tienen tres laps para vivirlo. Ya lo dice el saber popular: “De lo bueno, poco”.

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