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[MT MAG.] Descubriendo a De Gavardo
Por Mauricio Monroy S. / Fotos: Zé Domínguez 14/06/2017
Tomás de Gavardo, el primogénito del recordado Carlo de Gavardo, vive acelerada la transición de niño a hombre, conociendo sin buscarlo nuevos detalles de la vida de su padre y extrañando las conversaciones que tenían a diario. Una historia de recuerdos y sueños.

La mañana del 4 de junio de 2015, Tomás de Gavardo se preparaba para un día histórico. La Selección de Fútbol enfrentaría a las 17.00 horas a Argentina en la final de la Copa América, donde la Roja podía conseguir su primer título internacional. Ese día, Tomás se encontraba en la casa de quien era su polola por esos días.

Mientras los rumores se esparcían por redes sociales, Tomás se enteraba por la televisión de una noticia que remecía al país. Su padre, Carlo de Gavardo había muerto tras sufrir un infarto. “No entendía nada. Hablé con mi mamá, con mi abuelo y no entendía. Apagué el celular, no quería saber de nada. A los dos días me enteré del homenaje que le hicieron en el estadio a mi papá, que fue súper lindo, porque mi papá era alguien muy querido por todos”, recuerda el primogénito del Cóndor de Huelquén.

CARLO DE GAVARDO

El minuto de silencio al que hace mención Tomás es uno de los momentos más emotivos que se han vivido en el principal coliseo deportivo de Chile. Entre la efervescencia por lo que estaba por disputarse, chilenos y argentinos sin excepción, se unieron por un minuto para agradecer con su silencio a quien fuese uno de los deportistas más destacados y entrañables en la historia de nuestro país.

Ese día la vida de Tomás de Gavardo comenzó a descubrir un rumbo que hoy lo tiene soñando con ser campeón del mundo. Sin desearlo, también empezó a descubrir a su padre.

» Camino propio
Tomás de Gavardo tiene 18 años. Es el mayor de dos hermanos. Creció en Huelquén y luego se vino a Santiago a estudiar. Amante de los deportes, gusta practicar de la bicicleta, natación y fútbol. Es hincha de Colo Colo. Le gustaba ser el “10”, del equipo, aunque ahora es poco lo que juega, más para cuidarse de lesiones. Por estos días cursa 4º medio en el Cumbres, colegio al que lleva su moto para enseñarle a los más pequeños lo que significa su deporte. Quiere estudiar Periodismo. “Me gustaría estar en una Universidad que apoyen el deporte, donde pueda compatibilizar los estudios con las carreras”, se apresura en señalar.

Es que las motos deben estar a su lado. Sus recuerdos están siempre asociados a las ruedas. “Me subí a una moto por primera vez a los tres años. Era una KTM. Siempre me gustó andar en moto, aunque después también tuve un auto, un Fiat, como a los nueve años”, dice.

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Su precocidad en el mundo motor, de la mano de su padre, le permitió conocer desde dentro cómo es el rally, sus exigencias y sacrificios. “Conocí muchos países con mi papá, vi el esfuerzo que se debe hacer antes y en cada carrera. Y eso es lo que estoy tratando de hacer ahora, me estoy concentrando en mi carrera, ya no salgo tanto, priorizo el trabajo y los entrenamientos, ya que es la única forma que existe para destacar. No quiero ser uno más”, precisa.

Se le escucha como a una persona mayor a Tomás. No parece el adolescente que aún es, pese a que en su mirada se delata esa fuerza juvenil por salir a “devorarse el mundo”.

El rally cross country es la disciplina que escogió, la misma que catapultó a figura consular a Carlo de Gavardo, aunque sorprende con una declaración. “Creo que si mi papá no hubiese muerto, yo no estaría corriendo hoy en rally. Tal vez se hubiese dado más adelante, pero no sé si mi papá me hubiese dejado, él sabía que es una disciplina peligrosa y nadie quiere eso para su hijo”, indica.

Eso sí, con la decisión de cambiar el Enduro por el Rally Cross Country, abrió una puerta a una aventura en la que las adversidades son parte del día a día. “Es un deporte difícil de practicar, cuesta encontrar auspiciadores y aunque mi apellido me permita ser algo más conocido, tengo claro que eso no bastará cuando haya que lucir resultados”, dice.

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Para conseguir las metas, Tomás ha delineado una hoja de ruta que no está relacionada de manera inmediata al Dakar, la clásica competencia del cross country.

“Quiero terminar el año entre los tres primeros del campeonato chileno. Ahora viene el Desafío del Desierto, carrera para la que estoy muy motivado, ya que será la previa para llegar en mejores condiciones a la fecha del mundial FIM (el Atacama Rally)”, dice el piloto que corre con una moto KTM que fue propiedad de Pablo Quintanilla, uno de sus referentes en el deporte.

Pero los objetivos de Tomás no se quedan ahí. Para el próximo año, espera correr el mundial y pelear el título junior. “Con un título en las manos es diferente, ahí podré decir que he ganado algo y será un impulso para poder financiar mi carrera”, indicó.

¿Y el Rally Dakar? No se apresura con esta prueba, que conoce desde los años en que su padre la disputaba en África. Es por eso que antes del Dakar, se ilusiona con disputar una competencia que intenta emular lo que era la carrera del continente negro. “Me gustaría ir a la África Race, para intentar recuperar lo que fue la competencia de África en Chile. Vamos a ver cómo resultan las cosas, pero confío en que es posible”.

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Tomás de Gavardo sueña en grande, con pasión. Tal como cuando su padre se atrevió a ir disputar una competencia en África que muy pocos conocían y donde la valentía era más importante que la potencia en la moto.

Esa pasión por la aventura la conoció de cerca Tomás. Desde niño, disfrutó de viajes con su padre y su hermano Matteo, paseos que se armaban sin aviso. “Mi papá llegaba y nos decía que armáramos un bolso y partíamos. Recorrimos muchísimos lugares, todo Chile, siempre había alguien que lo reconocía. Nos pasó en Ushuaia, donde un arriero lo conoció, también en la frontera con Bolivia, en Visviri”, recuerda.

De todos los lugares que visitaron, Tomás recuerda uno con especial cariño. “Tenía como 10 años cuando fuimos a Paraguay. Estábamos recorriendo pueblos muy pequeños, donde todos hablan guaraní y nos quedamos tirados en la carretera, en una localidad llamada Filadelfia. Un bus nos tenía que recoger, no llegó a la hora y cuando nos instalamos en la calle para dormir, se largó una lluvia que más parecía tormenta. Nos metimos a una casucha que había desocupada y ahí nos quedamos. Al otro día, mi hermano y mi papá habían salido a recorrer, me dejaron una nota para cuando despertara y salí a encontrarlos. Era un pueblo que tenía una calle, pero me llamó la atención que tuvieran hasta venta de autos de lujo. Pero eso no fue lo más extraño, después nos encontramos con unos amish, esos tipos que viven como si estuviesen en el pasado. Y cuando pasó un bus, no querían llevarnos, pero igual nos subimos aunque tuvimos que irnos parados como 10 horas. Fue un viaje agotador, pero uno de los más lindos que hicimos”.

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Aquellos instantes los aprovechaban al máximo. Todos estaban conscientes de que, por la carrera de Carlo, no siempre estaban juntos. “Con mi papá me tocó vivir casi siempre los momentos buenos. No me tocó ese papá que te retara o algo por el estilo, ya que como él pasaba mucho tiempo viajando, cuando estábamos juntos trataba de aprovecharlo. Eso no quiere decir que estuviese ausente, siempre me llamaba desde dónde estuviese, me escuchaba y aunque no le gustara lo que oía, trataba de entenderme y siempre tenía palabras de apoyo”, dice.

Los recuerdos se suceden con facilidad en la conversación. Son parte de una historia que en estos últimos años le ha permitido ir descubriendo otras caras de su padre. “Él era súper reservado. Pero ahora, a diario me encuentro con personas que me cuentan que le transmitió cosas. En los rallies se me acercan personas y me dicen que por ahí estuvo mi papá, hace un tiempo otra persona me contó que llegaba a los hospitales a visitar a personas enfermas, con la moto, en la noche, y les daba apoyo. Es entretenido ir descubriendo esa parte de él”.

Esa faceta solidaria es algo que recalca Tomás como una de las virtudes que más admira de su padre. Y lo intenta repetir. “Para él siempre estaban las personas antes que una carrera, no le importaba si lo penalizaban o si perdía tiempo por ayudar a alguien. Era su esencia y por eso era tan querido por todos”, recuerda.

Pero junto al compañerismo que siempre fue una característica de Carlo, otro aspecto que Tomás remarca y que considera es un aspecto que heredó, es la frialdad ante situaciones adversas. “Mi papá siempre tenía la cabeza fría para decidir. Eso se reflejaba desde la navegación, donde era uno de los mejores, a situaciones de la vida cotidiana. Creo que eso también es una de mis virtudes”, precisa.

¿Qué extrañas de tu padre? “Demasiadas cosas, uno quiere volver a esos lugares que viajamos, que converse conmigo, por lo mismo trato de poner en práctica lo que me enseñó, pero con mi manera de ser. Intento ser una persona humilde, con los pies en la tierra, tal como me enseñó”.

Hoy esa historia es parte del combustible que mueve al mayor de los hermanos De Gavardo. No es carga. Es fortaleza en la aventura personal del hijo del Cóndor. MT

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